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¿Para qué sirve la utopía?

Nicolás Vigo | Chota | Enero, 2016 | Cuando mis amigos me preguntan por qué el nombre de mi blog: El mundo utópico de Nico, les digo las razones y luego les advierto que la utopía sólo es amiga de los soñadores, de aquellos que no se conforman con lo que hay: los utópicos siempre están en una búsqueda continua. Seguidamente, les digo que la utopía sólo admite valientes; y, además, exige perseverancia.

Y es que la utopía, como dice el francés Víctor Hugo, “es la verdad del mañana”. Ese carácter dinámico que lleva dentro de sí, la convierte en un poderoso motor que tira de nuestros deseos para hacer realidad aquello que queremos. Sin ese movimiento dinámico y fértil nuestra vida sería estática y muerta. Siempre insípida y estancada (Eso sería como estar muerto: vivir sin vivir).

Esta palabra también lleva una interesante carga de posibilidad; es decir, la utopía puede hacer que las cosas sean. ¿Cómo es esto? Las cosas pueden ser si las planteamos en serio y empezamos a trabajar para hacerlas realidad. Ellas pueden ser, si hacemos un trabajo, puro y duro, de autoexigencia. O sea, si nos dedicamos concienzudamente a identificar y potenciar nuestras capacidades y talentos para sacar lo mejor de nosotros y ponerlo en acción. Por ello, la utopía no es una enfermedad de soñadores, sino de visionarios.

Además, la utopía es enemiga de la mediocridad y del conformismo. Porque apostar por la utopía es trabajar por algo irreal para hacerlo realidad; no olvidemos que la verdadera definición de utopía es “el lugar que no existe” (οὐ, no; τόπος. De allí que ella sólo admite trabajo y talento.

Más aún, si nos remontamos al creador de esta palabra, Tomás Moro, veremos que “utopía” es una palabra que nace del deseo solidario, del sueño generoso. Ella es producto de un espíritu rebelde, inconforme que no se resigna con la realidad tal y como se da, sino que plantea formas y modos de hacerla más agradable; de convertirla en más justa, humana y solidaria. Por ello, la utopía es partidaria de los grandes ideales y de los nobles deseos.

No me queda duda que la utopía ha sido un arma eficaz para ayudar a creer en lo no creíble, a sembrar inquietud e inconformismo en los pesimistas, a dar color a las almas mustias y tóxicas. Ella ha sido como un agudo alfiler que he clavado con decisión en las carnes aletargadas, por los golpes de la vida, de muchos que se creían derrotados, sin fuerzas, sin gracia y sin talentos.

Y es que siempre la utopía ha sabido aliarse con la juventud. Ella siempre ha estado cercana al mundo juvenil. No hay joven que tenga, aunque sea, una pizca de utopía dentro de sí. Y no hay utopía que no tenga a un joven en su haber. Es más, ella tiene ejércitos de jóvenes en sus filas. Ella y la juventud hacen un binomio natural. Un matrimonio casi necesario y justo entre sí.

También la utopía es el motor que da alas a los grandes sueños. Es la fuerza interior que espolea a la inquietud. Podríamos decir que es la herramienta que despierta las potencialidades que están en el interior de los jóvenes. En muchos casos, ella es la que incita a los jóvenes a apurar su madurez y a dar pasos seguros en las arenas movedizas de los retos y reclamos de la sociedad.

¿Cómo sabemos que la utopía está dentro de un joven? Un profesor, muy utópico y sabio, solía decirme: “Nico, cuando un joven cuestiona y se hace preguntas sobre la vida, el mundo o el sentido de la existencia: ¡Alégrate! ¡Haz fiesta! ¡Porque ha surgido un utópico más para triunfar!”.

La juventud es sinónimo de utopía. Es la etapa de las grandes quimeras y del logro de los retadores ideales. Sería muy preocupante -y antinatural- que en nuestra sociedad, gente fundamentalista y de mente cerrada, propicie la mediocridad y el conformismo en los jóvenes. Si lo logran, tendríamos una sociedad enferma, sin esperanza, sin sueños…, sin futuro. Por eso critico -y advierto- a aquellos domadores de conciencias, que pretenden edulcorar a las juventudes: ¡Que aquello no se puede hacer! Sería como castrar a nuestra sociedad de la fuerza más valiosa, capaz de transformar y crear realidades distintas e interesantes.

Antes de desengañar a los utópicos, mejor deberíamos propiciar alianzas con la utopía. Debemos dejarla que trate con los jóvenes. Porque ella es capaz de hacerles ver, el mundo y la vida con ojos de la fe y de la razón. Lo repito una vez más: ella sólo admite trabajo y talento. Y, cuando llega, el corazón de los jóvenes se lanza a trabajar -En un compromiso, casi religioso-, con la justicia, la paz y la verdad. ¿Para qué sirve la utopía? Para crear gente capaz, amante de la vida, de la libertad y de la verdad sin fundamentalismos.

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