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Los cambios son necesarios en nuestra vida

Nicolás Vigo | Los cambios que incorporamos a nuestra vida siempre son saludables. Ellos nos lanzan a nuevas experiencias y nos obligan a abandonar la rutina y a renunciar a las costumbres fijas para volver a empezar desde cero. Hacer esto, de vez en cuando, es una inyección extra de vitalidad a nuestra salud mental e inteligencia emocional.

Si los cambios son recomendables en la vida de las personas, son imprescindibles para la vida de las instituciones. Y si no se hacen a tiempo, pueden reducir a nada su aporte espiritual y poner en riesgo su supervivencia.

En la clausura del 36° Capítulo provincial de la renovada Provincia Santo Tomás de Villanueva, en Granada (España), el electo Prior provincial Miguel Ángel Hernández manifestó con alegría: “creo que se nos están quitando los miedos”. Yo celebré esta declaración explícita porque percibo que la provincia –y la Orden- se está atreviendo a tomar decisiones arriesgadas.

Además, opino que nuestra provincia ha sabido incorporar cambios rejuvenecedores a su estructura. Una prueba de ello es que, no sólo se ha limitado a celebrar una unión jurídica de las provincias, sino que ha comprendido que nos encontramos en un tiempo nuevo, en el que no basta repetir esquemas obsoletos y seguir con el eslogan inalterable “Siempre se ha hecho así”. Por ello, se ha atrevido a trasladar la Curia provincial de España a Brasil y a tomar decisiones de gobierno que implican riesgo y novedad.

Nuestra Orden debe entender que es el tiempo para dejar ser a la creatividad. Hay que dejarla tomar el protagonismo. Es ahora cuando se deben abrir las puertas a la innovación y a la profecía. Éstas deben ser los ejes prioritarios de gobierno. Igualmente, es el tiempo del riesgo, de vencer los miedos y los condicionamientos existenciales para atreverse a ir por derroteros nuevos, intransitados. Ya no se deben gastar energías -ni personal- para tapar huecos o salvar ministerios ineficaces.

Los enemigos de la Orden deben ser el conformismo y la mediocridad. No hay que olvidar que nuestra sociedad posmoderna está hambrienta de hombres sensibles, apasionados, creadores de comunión, acercadores de Dios, testigos del evangelio. Los hombres y mujeres de hoy echan de menos a religiosos empáticos, pedagogos de amor, capaces de entender y provocar sentido a la vida de las personas.

Entramos, pues, en un nuevo tiempo. El tiempo del cambio y del espíritu renovado. La era de la vida apasionada, del cambio enriquecedor y del ímpetu -y del testimonio- de la comunidad agustiniana.

Si nuestros   superiores -Y religiosos- no aprovechamos esta realidad del Espíritu, habremos perdido una oportunidad de oro para la renovación de la Orden y la Iglesia.

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