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La tiranía de la corrupción

Hace unas semanas conversé con mi amigo Marcos; él es dueño de una personalidad en extinción. Es demasiado joven para etiquetarlo como filósofo. Y muy listo para llamarle inteligente. En realidad, es poco amante de los títulos. A él no se le puede encasillar. Es un espíritu libre. Mejor es llamarle Marcos a secas. Así se siente mejor. Lo cierto es que en esa conversación  me hizo notar que la corrupción había consumado su tiranía y había conquistado sus últimos bastiones de la sociedad para consolidar su dominio. “La corrupción se ha entronizado como la dueña del mundo”, sentenciaba con su gracejo natural.

Yo suscribí su colección de frases recordándole que la corrupción hace ya muchos siglos que mantiene su hegemonía. Ella siempre ha estado allí. Ha colocado en el poder a reyes, príncipes, nobles y sirvientes. Y, en la actualidad, pone presidentes, ministros, congresistas y alcaldes. En realidad, ella es una tirana que seduce y enloquece a los que quiere.

Es el cáncer de la sociedad. -Así la llamó el Papa Francisco-. No olvidemos que corruptio significaba para los romanos “destruir por putrefacción”. A pesar de ello es la mejor aliada de hombres ambiciosos que buscan lo fácil y renuncian a aquello que llamamos dignidad. El francés George Bernanos decía, que “El primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva es que el fin justifica los medios”. Y parece que este pensamiento de Maquiavelo es el que impera en estos tiempos.

¡Esto ha sido así! No obstante, lo que no puede ser -y no siempre ha sido así- es el silencio de los ciudadanos. La pasividad de aquellos que viven en la sociedad: Hombres y mujeres que no se enteran de lo que pasa. ¡Les roban y sonríen! ¡Les asaltan sistemáticamente y no dicen nada! ¡Les quitan su pan y se regocijan con las migajas! Los ciudadanos se han vuelto como los ídolos: “Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen oídos, y no oyen; tampoco hay aliento en su boca”.

Decía el recordado Kurt Cobain, el fallecido cantante de la banda Nirvana, “El deber de la juventud es pelear contra la corrupción”. A estas alturas, las palabras de Cobain suenan a pasado. Los jóvenes de hoy han sido adormecidos por las redes virulentas y la amnesia intelectual. Su espíritu de lucha ha sido cambiado por realidades aumentadas, irreales. Su espíritu rebelde ha sido sometido por las series, los videojuegos y la ley de menor esfuerzo. Por desgracia, el pasotismo ha doblegado el espíritu rebelde de nuestra juventud.

¿Y los viejos? Ellos caminan como pueden. Arrastran sus taras. Acarician sus heridas. Pelean con sus enfermedades y se entretienen restregándose su mala suerte en su cara.
¿Será la corrupción invencible? ¡Claro que no! Ella no puede alienar al ser humano. ¡Hay que liberar a los hombres de su tiranía! Es el momento de suscribir las palabras del Papa Francisco. Él ha invitado a la sociedad a promover una “avalancha” mundial “para luchar contra el cáncer de la corrupción”. Nos ha impelido a denunciar, a gritar, a hacer bulla: “Debemos hablar de corrupción, denunciar los males; mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad; la curiosidad y la creatividad sobre el cansancio resignado; la belleza sobre la nada”. Y sumo a esto, la frase del buen Marcos: “La tirana de la corrupción se vence con un poco de amor propio y con mucha creatividad”.

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