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Kuntur Phaway: El vuelo del cóndor

El cóndor en la mentalidad andina es un ave mítica, símbolo de la inteligencia, la fuerza y el poder. No en vano tiene como señorío los Andes de Sudamérica. Los incas pensaban que el cóndor era inmortal. La asombrosa inteligencia de esta ave les indicaba que se había hecho vieja y que era el momento de volver a empezar, de renacer desde las montañas, para empezar la vida otra vez.

El cóndor es el señor indiscutible de los cielos andinos. Su majestuosidad al volar, suave, reposado y, a veces, enérgico y veloz, cautiva y nos transporta hasta la eternidad. “El cóndor es un ave que transmite tranquilidad y belleza. Un dominio excepcional de los cielos. Eso es lo queremos transmitir en nuestro baile”, nos dice Christian Anthony, un adolescente entrador y espabilado, director de la Escuela de danzas que encumbra al cóndor como marca de su escuela. Ella se llama Kuntur Phaway, que, en el lenguaje de los antiguos peruanos, significa, “el vuelo del cóndor”.

El vuelo del cóndor es “arte, magia, energía, pasión y calma, a su vez”, nos responde Julio César, el coordinador de la Escuela. Además, nos dice: “no se trata de cualquier escuela. Esta es una escuela que lleva la marca agustiniana”, lo repite muy orgulloso.

Es verdad, esta escuela ha surgido del entusiasmo y del ímpetu de los jóvenes de JAR de Chota. Este movimiento es líder en Chota. La escuela de baile recoge el talento de los jóvenes chotanos, que siempre están dispuestos a ir más allá. Es así como se les ocurrió crear una escuela de danzas que reúna todos los ritmos.

“Yo admiro a estos jareños de Chota. Nunca están quietos, jamás se conforman con poco. Son exigentes. Y eso me gusta. Cuando surgió la idea de crear una escuela de danzas, que vaya más allá de las JAR, me encantó. Porque la escuela de danzas no solo es para JAR, sino para todos los jóvenes de la ciudad. Vienen a ella de la universidad, de los colegios y de otros grupos, niños, adolescentes y jóvenes. Es una ventana para formar líderes y para potenciar el talento de los chicos, lejos de los vicios y la mediocridad”, dice el asesor de JAR de Chota, fray Nicolás Vigo.

Los chicos se reúnen todos los sábados y domingos, al terminar la tarde, en el coliseo de los Agustinos Recoletos. Allí han encontrado un lugar privilegiado. En ese espacio, los jóvenes ensayan con mucha exigencia, ritmos que van desde las tobas, los caporales, hasta las danzas modernas.

Una de esas tardes me asomé por el coliseo y vi a una treintena de chicos ensimismados en la música. Era un mosaico de fuerza, ritmo y color. “¡Con más ganas! ¡Con más ritmo! ¡Vamos, chicos! ¡Una vez más!”, repetía convencido Cristhian, su exigente director y profesor de baile.

Kuntur Phaway apenas tiene meses de formada; no obstante, ya suena en la ciudad. Ya ha hecho presentaciones importantes. Uno de los temas que me intriga es saber cómo se financian, porque las vestimentas para las danzas que presentan son caras. Sobre ello, Celis, otro de los integrantes, dice muy seguro: “Nos autofinanciamos, con el esfuerzo de todos los de la escuela. Para ello hacemos actividades para conseguir dinero. Vendemos comida o lo que haga falta. Gracias a ello, podemos obtener las vestimentas para nuestras presentaciones”.  Hay que decir, que cada danza necesita un traje. Y teniendo en cuenta el número de bailarines, significa mucho dinero; sin embargo, eso a los chicos no parece que les preocupa.

Una de esas noches, me topé con la presentación oficial de los chicos Kuntur Phaway. Me quedé maravillado. Los jareños ponen energía y pasión en su baile. Giran como si estuvieran dentro de una espiral aérea. Sus cuerpos dibujan siluetas de colores en el escenario. Van rápidos y lentos. Suben, se remontan en el aire y bajan, solemne y pausadamente, como si se tratara de un cóndor majestuoso, real.

Auguro mucho futuro a esta escuela de danzas chotana, no sólo por el talento de los chicos, sino por su espíritu de unidad. Más que una escuela, parecen un grupo de amigos: cercanos, sinceros, comprometidos y acogedores. Sin duda, en su escuela se respira el espíritu agustiniano. Y, además, me lo recuerda Aracely, otra bailarina, con los ojos abiertos y llenos de satisfacción: “Tenemos a Nuestra Señora, Madre de la Consolación, como protectora”. Frente a ello, sonrío. Y me digo para mí: “Qué chicos tan maravillosos. Realmente esta escuela tiene alma”.

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