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El bosque verde y la apariencia

Nicolás Vigo | El mayo serrano deja al verde ser protagonista. Sin duda él aprovecha la circunstancia y se muestra tal cual es. Juguetea a sus anchas. Lo que más me encanta de esta metamorfosis colorida es que invierte todas sus energías en degradarse en diferentes tonalidades. Sin pensarlo dos veces, se derrama festivo y camaleónico sobre los campos, bosques y praderas. Y, además, sabe armonizarse muy bien con los otros colores y hacer alianzas estratégicas con las flores. Desde el verde lima hasta el verde petróleo, pasando por el verde jade, esmeralda, hoja y oliva. En fin, ¡El verde!

No obstante, cuando voy al bosque, descubro que nada es lo que parece. Que  tan solo se trata de una apología de mis sentidos; en realidad, ellos me engañan. Me explico, las composiciones preciosas que me deslumbran, y que archivo presuroso en mi memoria, son mentirosas. Son, pero no son. Sin embargo, yo me dejo engañar premeditadamente y disfruto de aquellas composiciones preciosas que el bosque pone ante mis ojos.

¿Por qué digo esto? Porque uno de esos días, me topé con una turba de jóvenes desbocados que huían por el bosque. Detuve a unos cuantos y les reclamé: ¡No pasen así por el bosque! ¡Disfruten de su verdor! Y ellos, asombrados, como abofeteados en su inteligencia, me respondieron: ¿Verdor? ¿Qué verdor?

Semejante respuesta me trajo a la mente al filósofo Parménides, el de Elea, en ese fragmento, cuando la diosa le recomienda: “es preciso que aprendas todo, tanto el imperturbable corazón de la verdad bien redonda, como las opiniones de los mortales, en las que no hay verdadera creencia”.

Es verdad. Hay que aprender todo: la verdad y también la opinión (Doxa (δόξα). Hay que saber de uno y también del otro. Jugándonos, claro está, el deleite inexorable de saborear lo profundo, de hartarnos con la riqueza de la abstracción y de sumergirnos en las profundidades del ser de las cosas.

Con pena, a veces, hay que ceder y dar la razón a la opinión. Aunque nos perdamos aquellos tesoros que se guardan en barricas de cedro y en cofres de marfil: la sabiduría.

La sociedad actual se harta en la opinión, se regodea en la apariencia, se decanta en lo engañoso y fugaz. Y poco sabe de la verdad. Los de la generación digital viven aletargados en una estupidez gozosa y duradera. Están enquistados en la apariencia de las cosas. Y en ella son felices.

A pesar de ello, no hay que tirar la toalla. No hay que claudicar; por el contrario, ideemos el método, la forma y la estrategia feliz para que la generación Smartphone aprecie y reciba una formación de calidad y se beneficie de la sabiduría, del conocimiento que extrae esa pequeña especie en extinción: los filósofos. Esos que conocen el verdadero ser de las cosas.

Mientras, yo seguiré creando seres verdes y ensayando caprichosas tonalidades sobre el bosque, que a veces, se muestra mágico y retoza alborozado, escondiendo entre sus ramas a filósofos, misántropos, sabios y poetas –Claro–, vestidos de verde.

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